
Creo que todas tenemos una constante búsqueda sobre qué es la vida, quiénes somos, de donde venimos y para donde vamos. No entendemos cuál es el papel que juega Dios en ella, ni siquiera estamos seguras si existe un Dios o si creemos que existe no nos relacionamos con Él.
Las batallas más intensas dentro de nosotras tienen que ver con mentiras que creemos acerca de nuestra identidad. Tus experiencias vividas, tu sistema de creencias, el mundo y sus valores, y el enemigo de Dios quieren controlarte implantando una identidad falsa dentro de ti. No hemos construido nuestra vida sobre los fundamentos adecuados, lo que nos lleva a vivir una vida llena de frustraciones.
Caminar sobre una identidad equivocada provoca grietas en nuestra vida espiritual, una vida de vergüenza, sin descanso, en esclavitud, sin protección, sin propósito, sin gozo.
Recuerdo cómo mi identidad dependía de lo que otros pensaban de mí. Si me elogiaban, me sentía valiosa; si me criticaban, me hundía en la inseguridad. Vivía en una constante montaña rusa emocional y creo que a todas nos pasa, creamos un ideal de cómo debemos ser para complacer a los demás y de cómo deben ser los demás para cumplir con nuestras expectativas, y al final nos desilusionamos. Muchas veces tratamos de entender el sentido de la vida, de buscarle una solución a nuestros problemas y a los de quienes nos rodean. Sentimos que trabajamos fuerte y que no somos recompensadas como creemos que deberíamos serlo; que no somos valoradas por nuestra familia, amistades, compañeros de trabajo o iglesia.
Creamos nuestra propia identidad desde lo que hacemos, desde nuestras profesiones u oficios, o desde el lugar que ocupamos en la sociedad, en nuestras familias. La mamá de…la esposa de…la hija de…la hermana de…la jefe de… Dejamos que lo que defina nuestra identidad sean los estereotipos, la moda o las tendencias. Buscar la aprobación de todos es como llevar una corona muy pesada.
Hubo un momento en mi vida donde tuve que detenerme y preguntarme ¿quién soy en realidad? y no te hablo de hace ufff, si no de unos pocos cuantos años atrás. Un tiempo en que me sentía sin rumbo, sentía que mi vida había sido un dominó de malas decisiones, que no era suficiente, que no era digna de ser esposa ni de ser mamá, sin motivaciones y llegué al punto de perderlo casi todo. Viví momentos de inmensa tristeza, de soledad absoluta, de sentirme frustrada, deprimida, con rabia, enojada con un Dios que no conocía y con el mundo.
¿Alguna vez te has sentido llena de temor con relación al futuro y sin esperanza?
¡Yo también me sentí así! Con ganas de salir corriendo sin rumbo, ganas de quedarme paralizada y no hacer nada, ganas de llorar sin razón, de dormir y que nadie me moleste, de alejarme de todo y de todos, ganas de huir. Sé lo que es vivir sin esperanza.
Y te voy a decir algo, sentirse así esta bien. En medio de esas circunstancias no siempre debemos luchar contra esos sentimientos. Podemos permitirnos sentirlos y vivirlos para reconocerlos en medio del dolor, del duelo y de la incertidumbre. La mente es muy poderosa y nos puede llevar a crear un panorama más aterrador, oscuro y deprimente de lo que es realidad. Por eso, aunque nos podemos dar el permiso de vivir esos sentimientos y emociones, es una decisión no quedarnos ahí y avanzar.
Todas tenemos un pasado, la mayoría uno del cual no estamos orgullosas, y que si nos detuviéramos un momento a mirar por el espejo retrovisor podríamos solo ver oscuridad. En mi caso cuando intentaba hacer este ejercicio, sólo podía ver piezas de un corazón desintegrado por la envidia, la idolatría, el rechazo, la falsedad, los celos, la lujuria, las mentiras, el abuso, la codicia, la vanidad, la promiscuidad, el adulterio y la avaricia por nombrarte algunas. Pero todo lo que hemos vivido por más increíble que les parezca, pasó para nosotras, pasó porque era lo que teníamos que vivir y aprender, y no solo porque podíamos sino porque era lo que necesitábamos para convertirnos en la persona que debemos ser. Y así es Dios de increíble, no te manda lo que tú quieres, te manda lo que tú necesitas para convertirte en la mujer que viniste a ser a este mundo para cumplir con tu propósito.
Así que no debemos querer ocultar nuestro pasado, o maldecirlo, ni a nadie que estuvo en el, porque todos ellos fueron nuestros maestros. Al pasado hay que bendecirlo, porque hace parte de nuestra historia, de lo que somos, de lo que nos ha traído hasta aquí.
Dios no nos diseñó para vivir una vida llena de fracasos, tampoco para permitir que nuestro pasado por más oscuro que haya sido defina nuestro futuro ni lo que Él quiere hacer de nosotras.
Esto fue lo que yo entendí cuando un día en medio de mi crisis, caí de rodillas clamando a un Dios en el que no creía, no conocía y del que pocos me habían hablado; pero que en medio de mi ignorancia podía sentir que allá arriba había alguien que controlaba todo y que podía dar respuesta a mi pregunta de quién era realmente.
"Sin embargo, desde allí, buscarán nuevamente al Señor su Dios. Y si lo buscan de todo corazón y con toda el alma, lo encontrarán" Dt 4:29
Fue entonces cuando Dios empezó a hablarme, a mostrarme un nuevo camino; uno que transformaría mi forma de verme, que me conduciría a su corazón y que sería guiado por Él mismo. En ese camino, se ha encargado de poner las personas correctas que me han ayudado a caminar, en el que dejé de correr y de huir, sino que por el contrario me ha llevado a reducir la velocidad para que su luz pueda alcanzarme y pueda ver que aún cuando no lo conocía su mano invisible ha estado siempre sobre mí.
Hay una verdad, la verdad que cambió mi vida; y el cambio no surgió al saber esa verdad, sino al creerla y comenzar a vivirla. Puede parecer simple, pero interiorizarla y tener la revelación de esta verdad me ha dado libertad, alegría, propósito, paz y confianza. Esta verdad no es un secreto, no es algo exclusivo para unas cuantas, tampoco te hace cambiar de manera instantánea ni te hace perfecta, pero si meditas en ella, la buscas y la vives, algo empezará a ser transformado en ti.
Esta verdad que me cambió fue conocer mi verdadera identidad, la que está basada en la paternidad de Dios. Porque sí, Dios es nuestro creador, pero también es nuestro Padre. Tomar la decisión de creer en Él, conocerlo, seguirlo y aceptar a su hijo Jesús como mi salvador me ha llevado a querer obedecerlo, a servirlo a descubrir mi verdadero valor como mujer, a saber que Él cuida de mí, a reconocerme como su hija amada, a abrir mi corazón a Él para atreverme a ir en la búsqueda de mi mejor versión.
Ahora te pregunto a ti: ¿Quién eres? ¿Estás dónde realmente quieres estar? ¿Eres quien quieres ser o vives complaciendo a los demás? ¿Te atreves a romper con los estereotipos, a confesarte, a quitarte la máscara y decir «esta soy en realidad?
Si nos atrevemos a transformar nuestra vida y a descubrir nuestra verdadera identidad en Cristo, podremos escuchar la voz de Dios y permitir que sane nuestro corazón. Él puede redimir nuestra historia y hacer que todas las cosas sean nuevas.
Dios me ha hecho a mi nueva, por eso No soy Cualquier Mujer, y también es capaz de hacerlo contigo. Si nos hemos roto en pedazos, Él nos recogerá y no permitirá que nada de nosotras de pierda.
No te juzgues por tus errores, ellos no te definen. Entiende que el pasado y aquello que te ha traído hasta aquí no puede ser corregido, pero puede ser usado como un escalón en el cual te apoyes para levantarte y avanzar. Deja que Dios recoja con amor cada pieza del rompecabezas de tu vida y las ponga en su lugar. No importa el proceso que estés viviendo, si estás en sus manos nada se perderá.
"Y el que estaba sentado en el trono dijo: ¡Miren, hago nuevas todas las cosas!. Entonces me dijo: <<Escribe esto, porque lo que te digo es verdadero y digno de confianza>>" Ap 21:5
Ahora puedo celebrar que conozco a Dios de otra manera, como mi Padre, no solo creo en Él, sino que le creo a Él, me relaciono con Él, reconozco que me ha dado una nueva identidad y que todo lo que soy es gracias a Él. El amor de Dios es desinteresado, profundo, eterno, sublime y lo abarca todo; por eso cuando descubre tu identidad como Hija de Dios también aprendes a amarlo a Él de verdad, a amarte a ti de verdad y a amar a los otros de verdad, a verte reflejada en su palabra, a apropiarte de sus promesas, aprendes a vivir confiada y a llevar la corona que te corresponde.
Entender que en Dios todo lo que he vivido tiene un propósito me ha hecho sentir empoderada de mi futuro y debería empoderarte a ti también ¿No te emociona saber esto?
Te invito a que le abras tu corazón a Dios y te atrevas a ir en búsqueda de tu mejor versión, eres una princesa, ponte la corona que te corresponde y aunque te sientas un poco perdida en el camino, quiero decirte que no estás sola!
Con Amor en Cristo, Leidy!
Oración: Señor hoy reconozco que eres mi Padre, recibo tu amor, protección y cobertura en mi vida. Te pido perdón por todos mis pecados, te entrego mi corazón para que lo inundes con tu amor. Necesito que guíes mis pasos, que me alinees a tus sueños y me ayudes a lograrlos para darte gloria y honra. Quita todo lo que no te agrade y hazme nueva en ti. Hoy quiero reconocerme como tu hija y aceptar a tu Hijo Jesús como mi salvador y redentor. Amén

